miércoles, 13 de mayo de 2026

De las aventuras jamás contadas de Don Quijote y Sancho a su paso por Sierra Morena II




Que trata de cómo Don Quijote y Sancho Panza, al salir de la posada, vieron en la plaza el levantamiento de la gran representación de la Venida del Señor, tuvieron mal encuentro con ciertos hombres que venían de hacer picón, y cómo, tras proveerse de vituallas, se despidieron de la villa, pasando por la Fuente Borriquera y una ermita de grande fábrica camino del sur.

Decidieron Don Quijote y Sancho Panza permanecer todavía un día en la villa, pues, a despecho de la locura y del reciente percance, convinieron ambos en que el trance pudo haber acabado peor, y que las gentes del lugar se mostraban tan acogedoras y de honesta condición, que no sería desacierto tomar allí respiro antes de internarse por las sendas de la baja Andalucía.

Así lo anunciaron al posadero, quien, tras cobrarles cumplidamente la estancia y cena de la víspera, les ofreció por la mañana un desayuno de leche tibia de oveja merina y pan recién salido del horno, degustando el sencillo manjar con regocijo, más Sancho que Don Quijote.

Acabado el refrigerio, determinaron dejar reposar al rocín y al rucio en la cuadra, que estaba bien provista de paja fresca y abundante. Ellos, por su parte, salieron a pie a pasear por la villa, y al doblar la calle principal toparon con la plaza, espaciosa y limpia.

En ella se alzaban dos iglesias: la mayor, recia y solemne, hecha de grandes sillares de granito, lucía encaladas paredes y una torre airosa cuyos bronces —decía el posadero— podían oírse a leguas en todo el campo.

La menor, también de granito, ofrecía humildes proporciones y se destinaba al oficio divino de pobres y labriegos que, por su sayal o sus abarcas, estorbaban en la solemnidad de la iglesia mayor. Atestiguaba su altar principal la figura sufrida de Nuestro Señor Jesús, que parecía acoger con igual benignidad al rico y al menesteroso.

Entre el ir y venir de los vecinos, repararon amo y escudero en un nutrido grupo de hombres y mujeres, ancianos y niños, que, en torno a la plaza, andaban atareados levantando techados con troncos y vigas de encina, cubriéndolos después con brezos y retamas. Cada estructura era de traza distinta: unas menudas, otras de mayor vuelo, mas todas bien encajadas y con cuidado de maestro carpintero.

Imaginó Don Quijote que sería aquello un mercado donde los naturales sacarían a la venta cuanto su industriosa tierra producía: paños recios y de lustre, ovillos de lana , garbanzos y habichuelas, tinajas de vino tinto y clarete, lino y estopa para hilar, jamones y morcones, chorizos y morcillas, tocino, pieles curtidas, picón de encina, sillas y sillones de anea, candiles de buena forja, aliños de aceitunas con tomillo y orégano, verduras y hortalizas (berzas, coles y nabos), abarcas cosidas a punzón, navajas templadas, hasta corderos y lechones cebados, además de piezas de caza como la perdiz, la liebre o el conejo.

—Acierta vuesa merced —dijo Sancho, contemplando la labor—; que esta buena gente sabe vender, y vende lo que tiene sin engaño ni timo. Y mira qué compás llevan: no comienzan nuevo techado sin rematar el anterior, ayudándose unos a otros como hermanos.

Movidos por la curiosidad, preguntaron a uno de los que más bregaba con las tablas y puntas, varón de barba cana y manos encallecidas. Éste, sin dejar el martillo, sonrió y respondió:

—Bien pudiera pensarse en mercado, señores forasteros —prosiguió el varón mientras ajustaba la soga al travesaño—, mas lo que aquí trazamos es preparar una gran representación de la Venida de Nuestro Señor Jesús a la Tierra. Y lo hacemos mostrando el fruto de nuestro trabajo, cada cual el suyo: zapateros, aneadores, carniceros, herreros, carpinteros, curtidores, matarifes, hortelanos, ganaderos, afiladores y hasta lavanderas, panaderos y confiteros. No nos faltan los Reyes Magos con sus presentes, ni San José, ni la Virgen con el Niño; y hasta a Herodes representamos, para que nadie olvide el mal que hizo. Sepa vuesa merced que acude mucha gente de fuera, atraída por lo que otros les cuentan, pues esta villa es paso obligado en el Camino Real.

Don Quijote, escuchando con creciente deleite, tomó al hombre del brazo y le dijo con ademán grave:

—Varón prudente, dad por cierto que la proeza de las gentes de este pueblo es muy digna de alabanza. Sin duda, Dios Nuestro Señor tiene aquí hijos tan bien dispuestos que por las veredas de su bondad y grandeza serán siempre recompensados. Y juro, por la fe que profeso, enviar carta a Su Majestad el Rey, dándole entera noticia de tan loable empeño, para que mayor honra y gloria se haga de Nuestro Señor Jesucristo y ejemplo quede a otros lugares.

Sancho, algo más prosaico, se rascó la barriga y añadió:

—Con tal que en esa carta no se olvide vuesa merced de decir que, mientras se honra al Niño, también se dé de comer a los peregrinos, que el hambre no es buena consejera ni para rezos ni para villancicos.

Los vecinos rieron la ocurrencia, y uno de ellos, señalando un toldo donde humeaban calderos, prometió que no faltaría en la fiesta olla bien proveída de garbanzos, morcilla de la matanza, pan blanco y vino alegre. El aire de la plaza, impregnado de jara y serrín, cobraba ya sabor de júbilo anticipado, y los martillos resonaban acompasados con los pregones de mozos y mozas que iban y venían con haces de retama.

No quiso Don Quijote, caballero de cortesía, entorpecer con su presencia el buen quehacer de aquellas personas, y animó a Sancho a proseguir el paseo por tan hermosa y noble villa. Así hicieron.

Mas al torcer la torre de la iglesia mayor, toparon con un grupo de hombres y mozos, todos con las manos y el rostro ennegrecidos cual si hubiesen salido de los mismos infiernos. Don Quijote, presto en imaginar agravios, detúvose en seco y dijo a su escudero con voz de alarma:

—Sancho, míralos bien: ¡bandidos son sin duda, que pretenden robar y abrasar el sacro montaje de la representación!

Sancho, encogiéndose de hombros, replicó en son de ruego:

—Por vida mía, señor, que no acertáis; ésos son hombres de hacer picón y carbón de encina, oficio bien honrado en este valle que aun los moros llamaron de las bellotas. Mucho se demanda su carbón por villas y castillos, y hasta el rey nuestro señor se sirve de él. En la posada oí decir que a los de aquí les llaman tiznaos, porque es frecuente verlos por los ruedos del pueblo con cara y manos negras de su faena.

Mas Don Quijote, sordo al sentido y ciego a la evidencia, bramó con ademán de arenga:

—Sancho, tu juicio se nubla de cobardía y falta de brío. Mira cómo andan estos villanos tiznados: su sola estampa delata sus malas entrañas. ¡Deteneos, bellacos! ¡No os es lícito turbar la obra santa de quienes en la plaza levantan memoria de Nuestro Señor!

Los mozos tiznados, sorprendidos al principio por tan extraña acusación, acabaron por tomar a burla las palabras y, viendo que el caballero desarmado los increpaba sin tregua, alzaron del suelo guijarros y comenzaron a lloverlos sobre él.

Sancho, cubriéndose con la capa, imploraba al cielo:

—¡Ay de nosotros, que mal fin tiene esta aventura si nadie nos socorre!

El estrépito llamó la atención del dueño de un mesón inmediato a la torre, hombre corpulento, bigote espeso y voz tronante. Asomándose a la puerta, gritó:

—¡Quietos, rapaces! ¡Dejad de apedrear a los forasteros! Que ya se me ha dado aviso de la locura del flaco; no es de mala entraña, sino de juicio trastornado.


Los muchachos, obedeciendo al mesonero, cesaron las piedras y, entre risas y murmullos, se fueron dispersando por las callejas, dejando a Don Quijote magullado, mas aún erguido con aire de quien cree haber mantenido la honra.

Sancho, suspirando, le dijo:

—Señor, vuesa merced tiene imán para los guijarros; de seguir así, acabaré yo con cabeza de yunque.

Don Quijote, sacudiéndose el polvo del sayo, respondió con gravedad:

—Más vale, Sancho, ser herido por defender el bien, que quedar ileso por consentir el mal.

El mesonero, viendo al caballero maltrecho y al escudero mohíno, les convidó a resguardarse en su portal hasta que el tropel de mozos se hubo disipado. Don Quijote, todavía con el ademán airado, compuso el jubón y, agradeciendo el amparo, exclamó:

—Mal andan los tiempos cuando los villanos tiznados del Averno osan alzar mano contra quien sólo busca guardar la paz. Mas quede constancia, Sancho, de que ni el polvo ni la afrenta han de torcer el camino del deber.

Sancho, rascándose el cogote, murmuró:

—Señor, llamadlos tiznados, que tiznados son; pero no del infierno, sino del carbón. Y antes que tornar por la misma calle, vayamos a la posada, que buen jergón y brasero valen más que otro aguacero de guijarros.

Aceptó Don Quijote el consejo, y ambos, con paso sosegado, retomaron la senda de la hospedería. Al llegar, el posadero, hombre práctico, les proveyó de agua fresca para lavarse el polvo y vino clarete para templar el susto.

El caballero, mientras se enjugaba el rostro, meditaba en voz alta:

—Sea pues que estos hombres tiznados son hijos del carbón y no de la maldad; aun así, conviene mantener velas alzadas, que la honra de una villa no ha de perderse por descuido.

Sancho, ya repuesto y con pan en la mano, sonrió:

— A este paso, señor, acabaremos la vuelta con más bultos en la testa que panes en la alforja.

La tarde cayó sobre la villa en calma, sólo turbada por los martillazos y risas de los que seguían montando los portales de la representación. Don Quijote, mirando por la ventana de su aposento, sintió que, pese a los lances, aquel lugar respiraba nobleza; y Sancho, entre bostezo y bostezo, se encomendó al sueño, aguardando que el nuevo día trajese más paz que pedradas.

Al alborear la jornada siguiente, despertaron Don Quijote y su fiel escudero con el tañido  de las campanas de San Sebastián. El posadero, solícito, les sirvió un desayuno de migas humeantes, salpicadas de crujientes torreznos y adornadas con una ristra de pimientos rojos asados. Sancho, saboreando, murmuraba entre bocado y bocado:

—¡Por vida mía, señor, que estas migas valen tanto como las ollas de palacio!

Acabado el festín, Don Quijote encargó a su escudero:

—Sancho, haz acopio de lo mejor que esta villa nos ofrece, pues la senda de la andante caballería es larga y el sustento incierto.

Sancho, presto, llenó el zurrón con hogazas de pan candeal, tiras de tocino de la reciente matanza, queso añejo de oveja, algunas ristras de chorizo y morcilla, aceitunas aliñadas con tomillo, un jarro de vino clarete y un saquillo de garbanzos y habas para cuando el camino no les depare venta ni mesón.

Hecho esto, llamó Don Quijote al posadero, pagóle cumplidamente, y con gesto grave y palabras de honra le dijo:

—Buen hombre, vuestro trato y acogida merecen memoria en los anales de caballería. Dios premie vuestra caridad y la nobleza de estas gentes, cuyos oficios, devoción y temple engrandecen esta tierra andaluza.

El posadero, sonriendo, inclinóse en muestra de respeto y les deseó ventura en su jornada.

Montaron sobre Rocinante y el rucio y, guiados por el trote sosegado, pasaron junto a la plaza donde aún se afanaban los vecinos en la representación. Don Quijote, levantando el brazo, los saludó con voz clara:

—¡Queden con Dios, hijos ilustres de esta villa! ¡Salud y prosperidad para cuantos engrandecéis la memoria de Nuestro Señor!

Ellos respondieron con vivas y bendiciones, agitando retamas y sombreros. El caballero y su escudero siguieron calle abajo buscando el camino del sur.

Extramuros, hallaron la Fuente Borriquera, cristalina y abundante, donde dieron de beber al rocín y al asno; el agua, fresca y ligera, espejeaba bajo los primeros rayos del sol. Repusieron allí un momento las fuerzas y, avanzando escasos metros por el camino ascendente, toparon con una ermita de grandes proporciones, fábrica de sillería tan airosa que nada envidiaba a las de Toledo.

Don Quijote, maravillado, dijo a su escudero:

—Sancho, mira cuán excelsa morada del Altísimo se alza a la vera del camino; si así son los templos en esta Andalucía, mayor es el crédito de su fe.

Mientras ponderaban la fábrica, divisaron a dos hombres que, al hombro sendas azadas y palas, caminaban hacia un tejar próximo donde, según dijeron, se aprestaban a cocer tejas para el reparo de casas y portales.

Sancho, curioso, se adelantó a saludar, y el caballero, con ademán cortesano, dispúsose a inquirir sobre aquel oficio que, aunque humilde, mantiene techados los hogares de toda la cristiandad.

Sancho, arrimándose al sendero, alzó la voz:

—¡Buenos días os dé Dios, amigos! ¿Hacia dónde lleváis tan presto esas palas y esos adobes?

Uno de los hombres, de rostro curtido y manos fuertes, respondió:

—Al tejar vamos, buen forastero, que la hornada está dispuesta y urge cocer tejas y ladrillos antes que el sol apriete. Con esto se cubren las casas de media comarca, que no hay techo sin nuestra obra.

Don Quijote, conteniendo el paso de Rocinante, les habló con gravedad y cortesía:

—Honrados varones, servís a la república mejor que muchos cortesanos, pues sin techumbre ni abrigo no hay paz en los hogares. ¡Cuánto más estimable es la labor que ampara a familias enteras que los vanos oficios de la holganza!

El segundo tejero, hombre más joven, sonrió y replicó:

—Señor, nosotros poco entendemos de honras ni grandezas; el barro y el sol nos bastan, y si llueve, gracias al cielo. Con tal que nuestras manos den pan a los hijos, estamos pagados.

Don Quijote, meneando la cabeza con gesto solemne, dijo a Sancho:

—Aprende, amigo, que no hay menester grandeza de armas ni alarde de linajes para servir al prójimo; oficio humilde, si se hace con rectitud, iguala a noble empresa, y aun la supera cuando se hace sin presunción.

Sancho, ajustándose la faja, murmuró:

—Bien decía mi abuela, señor, que el que teja casas gana cielo sin alboroto.

Tras intercambiar saludos y desear ventura a los tejeros, caballero y escudero prosiguieron por la senda que se abría entre pastos y encinas. A sus espaldas quedaba la villa bulliciosa con su representación en ciernes, la fuente rumorosa y la recia ermita que guardaba silencio en la loma.

Don Quijote, contemplando el horizonte andaluz, exclamó:

—Sancho, bendito sea el Altísimo que en cada lugar nos muestra nuevas hazañas de la industria humana y prueba de que, aun sin caballeros, hay nobleza en el trabajo.

Sancho, meneando la cabeza, sonrió con sorna:

—Y ojalá, señor, que el siguiente pueblo nos dé menos varapalos que el pasado; que si a cada villa traemos chichón, a este paso llenaremos un costal.

Ambos rieron quedo, espolearon monturas y, con el sol ya subiendo por el cielo de Sierra Morena, se internaron en el camino del sur, donde nuevas aventuras, certezas y desatinos aguardaban su paso.

 

miércoles, 6 de mayo de 2026

De las aventuras jamás contadas de Don Quijote y Sancho a su paso por Sierra Morena I

 



De las aventuras jamás contadas de Don Quijote y Sancho a su paso por Sierra Morena.

Éramos una cuadrilla de esquiladores —y entre ellos yo, que ahora os hablo— que, tras un día entero de dar tijera a vellones y dejar a las ovejas tan peladas que parecían frailes cartujos, nos sorprendió la noche, no sin agua y chaparrón, que nos obligó a buscar abrigo en un cortijo viejo y recio.

Allí, a falta de lujos y sobrados de hambre, cada cual sacó de la alforja lo que Dios y la mujer en casa habían dispuesto: uno pan duro, otro un pedazo de queso más seco que pellejo de corcho, otro unas tiras de tocino que aún rezumaban manteca, y no faltaron unos nabos que parecían garrotes de alguacil. Y entre todos, con unas espinacas traídas por ventura, guisamos un ajo que, aunque humilde en hechura, nos supo a vianda de emperadores.

Estando en el pago que llaman De las Viñas el vino no escaseó, y así corría la bota de mano en mano con tanta prisa como las tijeras en el esquileo. Y ya se sabe que el vino suelta la lengua y alegra el corazón, y fue entonces cuando salió a relucir la plática de que por el pueblo habían pasado dos hombres muy singulares: el uno enjuto y seco como bacalao al sol, y el otro rechoncho y redondo como odre bien henchido. Y dicen que venían de la Mancha, con propósito no menor que dar justicia a todo el orbe y recorrer Andalucía entera como si fueran jueces y reyes, o santos andantes.

Fue entonces cuando, mareado de vino, me dio por decir: “Esto ha de quedar escrito, que no todos los días nos visita gente semejante”.

Mas advierto al que ahora leyere que apenas sé juntar letras, que nunca pasé de la cartilla ni supe de latines .Por eso pido se me perdonen las burradas, que no soy letrado ni catedrático, sino esquilador, y más maña tengo para dejar vellón parejo que para poner comas.

Y para que nadie piense que me mueven favores o mecenas, declaro que ni señor tengo que me pague, ni noble que me proteja, ni sangre azul que me corra, salvo la de mis padres, pobres y humildes como yo, que vida me dieron y poco más pudieron dar. Y no les pesa, ni a mí tampoco, pues del trabajo honrado se mantiene el mundo y no de las genealogías vanas ni de los blasones pintados en piedra.

De manera que esta historia la dedico a todo aquel que se digne leerla, y si no sabe leer, que otro se la lea, y si nadie quiere leérsela, que la cuente a voces en la taberna; y si tampoco eso se hace, que al menos la canten al son de la vihuela o la refieran mientras corre la bota. Porque no hay en ello mentira ni embuste, sino que todo se hallará confirmado en los anales del pueblo, donde se escribe hasta cuántas gotas llovieron cada invierno y cuántas arrobas de vino se fiaron al vecino.

No pido dineros ni recompensa alguna; y si acaso esta relación llegare un día a imprenta, lo poco que de ello se sacare vaya a parar a los pobres, viudas y huérfanos, y no a los bolsillos gordos de quienes nada necesitan.

Y así concluyo, rogando al lector que si en algo hallare yerro me lo perdone, que harto es ya el atrevimiento de un esquilador en querer parecer cronista. Y si a alguno no le gustare lo leído, que se aguante, pues yo ya cumplí con contarlo, y bien puedo volver a mis tijeras, que para eso sí que tengo manos y no para escribir libros. Y ahora, lector curioso, beba un trago a mi salud y dé por buena esta advertencia, que a fe mía que está regada con más vino que tinta.

Donde se cuenta el relato del aposento que hallaron Don Quijote y Sancho en una villa de Sierra Morena, de lo que creyó el caballero acerca de una preñada y de cómo, queriendo socorrerla, se vio envuelto en sangre de puerco y palos de justicia por la matanza de la villa.

Apenas hubo cesado el estrépito aventurero de la vacía de barbero, que por yelmo de Mambrino su señor reputaba, cuando Don Quijote, alzando los ojos a los riscos pardos de Sierra Morena, dijo a su escudero:

—Sancho amigo, estas sierras guardan memorias de antiguos lances y de sangre vertida por moros y cristianos, pues toda esta tierra fue en pasados siglos muro y frontera del reino.

—Con que lo digáis, señor —respondió Sancho—, harto me basta; que a mí lo que agora me importa es hallar posada, pan y un rincón donde echar estos huesos.

Guiados por la senda del cordel de la Mesta, llegaron al fin a una población pequeña, mas industriosa, cuyos moradores se preciaban de tejer paños recios y finos, y de poseer, no lejos de allí, molinos bataneros que el ruido del agua y de los mazos hacía sonar como tambores de guerra.




La primera fábrica que se ofreció a sus ojos fue una ermita de cantería, dedicada al glorioso Santiago Apóstol, a quien en el altar llaman Matamoros. Apeándose Don Quijote y mirando al templo, hincó rodilla en tierra y murmuró:

—¡Oh Santiago invicto! Tú que aquí y en mil partes amparaste la cruz contra la Media Luna, se ahora amparo de este caballero andante que nuevas aventuras busca.

Mientras así se encomendaba, Sancho escudriñaba las casas cercanas, olisqueando humos de lumbre y asaduras. Toparon entonces con una mujer de talle gallardo y rostro moreno, tan encinta que parecía llevar dos lunas en el vientre.

—Señora mía —dijo Don Quijote, con gentil cortesía—, dadnos nueva de cuál sea en esta villa la más decente posada para acoger a un caballero andante y a su fiel escudero.

—Id, buenos hombres, a la posada de Venancio —respondió ella con voz dulce, señalando una calle larga y principal—; que allí paran los forasteros de mayor lustre. Mas no tardéis, que la noche aprieta.

Agradecidos, tomaron aquel rumbo y vieron en breve la portada de granito, sobria y maciza, de la dicha posada. Justo enfrente, más suntuosa aún, se alzaba una casa conocida por todos como de la Inquisición, con su escudo severo en la fachada. Dejaron al rocín y al asno en la cuadra, no sin antes palmeárselos Sancho con amor de padre.

Llamaron al mozo y preguntaron si habría de cenar. Éste, jovial, respondió:

—Tengo para vuesas mercedes zarajos recién asados, cachorreñas de primera y migas abajás, y si otro día pernoctaren, gustarán caldereta de cordero y sabrosos torreznos, que es tiempo de matanza y también somarro del guarro ibérico, flor de esta sierra.

Sancho alzó las manos al cielo:

—¡Bendita sea la hora en que entramos en este pueblo, que parece hecho a medida de mi estómago!

De esta suerte fueron servidos, y comieron hasta saciarse, regando las tripas con buen vino local.

Notaron el tono moreno de los vecinos, tiznados como por humo y curtidos del sol serrano, y alabaron ambos la llaneza y hospitalidad de aquella gente.

Retiráronse luego a un aposento amplio, con ventana al corral y brasero de picón en medio. Don Quijote suspiró:

—Mal se aviene tanta comodidad con la vida de un caballero andante.

—Deje vuesa merced —dijo Sancho entre bostezo y bostezo— que alguna vez el cielo se apiade de nosotros, que de calamidades anda el mundo lleno.

Así, tendidos sobre el jergón, dieron en sueño profundo.

Mas bien entrada la madrugada, unos gritos quebraron el silencio de la estancia. Don Quijote saltó del lecho, con mano al pecho y semblante de alarma.

—¡Levanta, Sancho! Que aquellos alaridos son de alguna dama menesterosa, acaso la preñada que antes vimos, puesta en trance de parto.

—¡Ay de mí, señor! —gruñó el escudero—. ¡Siempre tenemos de andar enredos a deshora!

Tomaron sendas ropas, salieron al corral y toparon con una escena extraña: el patio iluminado por hachones de genista, y un corro de hombres apiñados en torno a una banqueta de recias tablas, murmurando con voces quedas y gesto de gran expectación.

Apenas hubo reparado el caballero en aquel corro de varones, dio en pensar que la doncella encinta, por desdicha suya, estaba en manos de villanos que ora mal asistían su parto, ora en mengua de la honra suya atentaban.

Así se lo dijo al oído a Sancho:

—¡Por la fe de caballería que profeso, estos infames quieren forzar a la dama o arrancarle el fruto del vientre sin orden ni concierto!

—Señor mío —respondió Sancho, mesándose la barba de espanto—, no erréis la puntería, que bien veo yo que lo que aquí se trata es la matanza del guarro; los chillidos que vuesa merced oye no son de parturienta, sino del marrano al que degüellan. En esta villa madrugan para tal faena, que conviene que la carne se enfríe presto y se aderece el embutido antes que el sol decline.

Mas Don Quijote, con mente inflamada por su afán de socorrer, no dio crédito:

—Calla, medroso, que lo que te mueve es temor; y sabe que el caballero que yo soy no sufrirá tropelías de tal jaez.

Dicho y hecho, tomó una reja incandescente que al fuego estaba para escaldar el corte de la yugular del cerdo y, blandiéndola cual lanza llameante, arremetió contra el grupo, clamando con voz tronante:

—¡Deteneos, bastardos bellacos, cobardes violadores y asesinos! ¡No permitiré yo semejante fechoría contra mujer tan bella y lozana, ni contra la inocente criatura que de su vientre ha de nacer!

Los hombres, suspendidos de asombro, retrocedieron un punto; mas una de las mujeres presentes, encargada de menear la sangre en la olla para la morcilla lustre, temiendo daño para alguno de los presentes, arrojó presto el contenido sobre el caballero.

Empapado quedó Don Quijote de pies a cabeza en sangre caliente, y al sentirla correr por su rostro exclamó con horrísona voz:

—¡Apartaos todos, que la pobre doncella se desangra! ¡Jamás vi preñada que tanta sangre vertiera! ¡Por vida del cielo, esto no es natural! ¡Avisad a los vecinos de la Santa Inquisición, que hay brujería injusta en este lugar!

Al oír tales desatinos, los mozos, entre risas y enojo, volcáronle la misma olla en la cabeza, ciñéndosela a modo de casco, y comenzaron a golpearla con leños y garrotes.

Sancho, viéndolo en trance de morir, hincó rodillas:

—¡Señores, clemencia! ¡Que mi amo no es malhechor, sino loco de remate y fatigado de sus andanzas! ¡Por caridad, detened los palos, que su seso vale más que cien marranos!

Con los ruegos del buen escudero y el cansancio de la pendencia, aflojaron al cabo los hombres y retiraron la olla de la cabeza.

Medio desmayado, Don Quijote fue llevado a una pila de granito que en el corral servía para dar de beber a las bestias. Sacaron agua del pozo, templaron la caldera que hervía para lavar tripas, y dos mujeres, con paños de lino, limpiaron la sangre al caballero, que apenas murmuraba súplicas al cielo por haber caído, según su entender, en manos de hechiceros.

No pudieron, empero, borrar los moratones que le adornaban la sien y el carrillo, señal cierta —decía Sancho— de cuán provechoso sería un día entero de sosiego sin acometer empresa nueva.

Rayaba el alba cuando el gallo de la posada cantó por tercera vez. El corral, ya barrido de sangre y despojos, olía a humo y romero. Don Quijote, recostado en la pila de granito con mantas encima, abrió los ojos y miró al cielo encalado del amanecer.

—Sancho amigo —dijo con voz queda y gravedad solemne—, advierte cuán incierto es el mundo: la virtud es perseguida, el inocente ultrajado y el caballero andante, aun obrando en justicia, hallado culpable. Mas no me pesa; que mayor afrenta sería omitir socorro donde lo pide el deber.

Sancho, sentado a sus pies con el zurrón entre las manos, respondió entre suspiros:

—Señor, vuesa merced verá lo que guste; pero yo juraría sobre los Santos Evangelios que aquí no hubo doncella ni diablo, sino cochino con los días contados. Y a fe que los moratones de vuesa merced son de hombre que se entremete en asuntos que no le tocan. Si seguimos en este trote, acabaré yo tan magullado como un botijo en fiesta de mozos.

Don Quijote, enderezándose con esfuerzo, replicó:

—Calla, Sancho; que si no fuera por esta mi lanza y por la fe que profeso, quizá la villa entera habría sucumbido al hechizo. ¡Oh siglo ingrato, que no sabe agradecer los servicios del que por tu bien se desvela!

Sonrió el escudero, acomodándose la faja:

—Bien está, señor; pero a fuer de hombre de bien, os ruego que antes de buscar nueva aventura dejemos reposar los huesos, que no hay caballería que aguante a pan duro y a palos blandos.

Así, entre lamentos y socarronerías, volvió la posada al sosiego. La villa, ya despierta, llenaba de pregones y olores de matanza el aire fresco de la sierra. Don Quijote, ceñido de vendas y bruñida su honra en su imaginación, prometió en silencio que aquel desagravio sería recordado en las crónicas. Y Sancho, con la vista en el cielo claro, pensaba que aún quedaba vino en la jarra y sueño en los ojos, y que quizá el destino les depararía un día sin sangre ni porrazos.

Con esto dieron fin al suceso y aguardaron, en paz aparente, lo que nuevas sendas de Sierra Morena les quisieran traer.