De las aventuras jamás contadas de Don Quijote y Sancho a su paso por Sierra Morena.
Éramos una cuadrilla de esquiladores —y entre ellos yo, que ahora os hablo— que, tras un día entero de dar tijera a vellones y dejar a las ovejas tan peladas que parecían frailes cartujos, nos sorprendió la noche, no sin agua y chaparrón, que nos obligó a buscar abrigo en un cortijo viejo y recio.
Allí, a falta de lujos y sobrados de hambre, cada cual sacó de la alforja lo que Dios y la mujer en casa habían dispuesto: uno pan duro, otro un pedazo de queso más seco que pellejo de corcho, otro unas tiras de tocino que aún rezumaban manteca, y no faltaron unos nabos que parecían garrotes de alguacil. Y entre todos, con unas espinacas traídas por ventura, guisamos un ajo que, aunque humilde en hechura, nos supo a vianda de emperadores.
Estando en el pago que llaman De las Viñas el vino no escaseó, y así corría la bota de mano en mano con tanta prisa como las tijeras en el esquileo. Y ya se sabe que el vino suelta la lengua y alegra el corazón, y fue entonces cuando salió a relucir la plática de que por el pueblo habían pasado dos hombres muy singulares: el uno enjuto y seco como bacalao al sol, y el otro rechoncho y redondo como odre bien henchido. Y dicen que venían de la Mancha, con propósito no menor que dar justicia a todo el orbe y recorrer Andalucía entera como si fueran jueces y reyes, o santos andantes.
Fue entonces cuando, mareado de vino, me dio por decir: “Esto ha de quedar escrito, que no todos los días nos visita gente semejante”.
Mas advierto al que ahora leyere que apenas sé juntar letras, que nunca pasé de la cartilla ni supe de latines .Por eso pido se me perdonen las burradas, que no soy letrado ni catedrático, sino esquilador, y más maña tengo para dejar vellón parejo que para poner comas.
Y para que nadie piense que me mueven favores o mecenas, declaro que ni señor tengo que me pague, ni noble que me proteja, ni sangre azul que me corra, salvo la de mis padres, pobres y humildes como yo, que vida me dieron y poco más pudieron dar. Y no les pesa, ni a mí tampoco, pues del trabajo honrado se mantiene el mundo y no de las genealogías vanas ni de los blasones pintados en piedra.
De manera que esta historia la dedico a todo aquel que se digne leerla, y si no sabe leer, que otro se la lea, y si nadie quiere leérsela, que la cuente a voces en la taberna; y si tampoco eso se hace, que al menos la canten al son de la vihuela o la refieran mientras corre la bota. Porque no hay en ello mentira ni embuste, sino que todo se hallará confirmado en los anales del pueblo, donde se escribe hasta cuántas gotas llovieron cada invierno y cuántas arrobas de vino se fiaron al vecino.
No pido dineros ni recompensa alguna; y si acaso esta relación llegare un día a imprenta, lo poco que de ello se sacare vaya a parar a los pobres, viudas y huérfanos, y no a los bolsillos gordos de quienes nada necesitan.
Y así concluyo, rogando al lector que si en algo hallare yerro me lo perdone, que harto es ya el atrevimiento de un esquilador en querer parecer cronista. Y si a alguno no le gustare lo leído, que se aguante, pues yo ya cumplí con contarlo, y bien puedo volver a mis tijeras, que para eso sí que tengo manos y no para escribir libros. Y ahora, lector curioso, beba un trago a mi salud y dé por buena esta advertencia, que a fe mía que está regada con más vino que tinta.
Donde se cuenta el relato del aposento que hallaron Don Quijote y Sancho en una villa de Sierra Morena, de lo que creyó el caballero acerca de una preñada y de cómo, queriendo socorrerla, se vio envuelto en sangre de puerco y palos de justicia por la matanza de la villa.
Apenas hubo cesado el estrépito aventurero de la vacía de barbero, que por yelmo de Mambrino su señor reputaba, cuando Don Quijote, alzando los ojos a los riscos pardos de Sierra Morena, dijo a su escudero:
—Sancho amigo, estas sierras guardan memorias de antiguos lances y de sangre vertida por moros y cristianos, pues toda esta tierra fue en pasados siglos muro y frontera del reino.
—Con que lo digáis, señor —respondió Sancho—, harto me basta; que a mí lo que agora me importa es hallar posada, pan y un rincón donde echar estos huesos.
Guiados por la senda del cordel de la Mesta, llegaron al fin a una población pequeña, mas industriosa, cuyos moradores se preciaban de tejer paños recios y finos, y de poseer, no lejos de allí, molinos bataneros que el ruido del agua y de los mazos hacía sonar como tambores de guerra.
La primera fábrica que se ofreció a sus ojos fue una ermita de cantería, dedicada al glorioso Santiago Apóstol, a quien en el altar llaman Matamoros. Apeándose Don Quijote y mirando al templo, hincó rodilla en tierra y murmuró:
—¡Oh Santiago invicto! Tú que aquí y en mil partes amparaste la cruz contra la Media Luna, se ahora amparo de este caballero andante que nuevas aventuras busca.
Mientras así se encomendaba, Sancho escudriñaba las casas cercanas, olisqueando humos de lumbre y asaduras. Toparon entonces con una mujer de talle gallardo y rostro moreno, tan encinta que parecía llevar dos lunas en el vientre.
—Señora mía —dijo Don Quijote, con gentil cortesía—, dadnos nueva de cuál sea en esta villa la más decente posada para acoger a un caballero andante y a su fiel escudero.
—Id, buenos hombres, a la posada de Venancio —respondió ella con voz dulce, señalando una calle larga y principal—; que allí paran los forasteros de mayor lustre. Mas no tardéis, que la noche aprieta.
Agradecidos, tomaron aquel rumbo y vieron en breve la portada de granito, sobria y maciza, de la dicha posada. Justo enfrente, más suntuosa aún, se alzaba una casa conocida por todos como de la Inquisición, con su escudo severo en la fachada. Dejaron al rocín y al asno en la cuadra, no sin antes palmeárselos Sancho con amor de padre.
Llamaron al mozo y preguntaron si habría de cenar. Éste, jovial, respondió:
—Tengo para vuesas mercedes zarajos recién asados, cachorreñas de primera y migas abajás, y si otro día pernoctaren, gustarán caldereta de cordero y sabrosos torreznos, que es tiempo de matanza y también somarro del guarro ibérico, flor de esta sierra.
Sancho alzó las manos al cielo:
—¡Bendita sea la hora en que entramos en este pueblo, que parece hecho a medida de mi estómago!
De esta suerte fueron servidos, y comieron hasta saciarse, regando las tripas con buen vino local.
Notaron el tono moreno de los vecinos, tiznados como por humo y curtidos del sol serrano, y alabaron ambos la llaneza y hospitalidad de aquella gente.
Retiráronse luego a un aposento amplio, con ventana al corral y brasero de picón en medio. Don Quijote suspiró:
—Mal se aviene tanta comodidad con la vida de un caballero andante.
—Deje vuesa merced —dijo Sancho entre bostezo y bostezo— que alguna vez el cielo se apiade de nosotros, que de calamidades anda el mundo lleno.
Así, tendidos sobre el jergón, dieron en sueño profundo.
Mas bien entrada la madrugada, unos gritos quebraron el silencio de la estancia. Don Quijote saltó del lecho, con mano al pecho y semblante de alarma.
—¡Levanta, Sancho! Que aquellos alaridos son de alguna dama menesterosa, acaso la preñada que antes vimos, puesta en trance de parto.
—¡Ay de mí, señor! —gruñó el escudero—. ¡Siempre tenemos de andar enredos a deshora!
Tomaron sendas ropas, salieron al corral y toparon con una escena extraña: el patio iluminado por hachones de genista, y un corro de hombres apiñados en torno a una banqueta de recias tablas, murmurando con voces quedas y gesto de gran expectación.
Apenas hubo reparado el caballero en aquel corro de varones, dio en pensar que la doncella encinta, por desdicha suya, estaba en manos de villanos que ora mal asistían su parto, ora en mengua de la honra suya atentaban.
Así se lo dijo al oído a Sancho:
—¡Por la fe de caballería que profeso, estos infames quieren forzar a la dama o arrancarle el fruto del vientre sin orden ni concierto!
—Señor mío —respondió Sancho, mesándose la barba de espanto—, no erréis la puntería, que bien veo yo que lo que aquí se trata es la matanza del guarro; los chillidos que vuesa merced oye no son de parturienta, sino del marrano al que degüellan. En esta villa madrugan para tal faena, que conviene que la carne se enfríe presto y se aderece el embutido antes que el sol decline.
Mas Don Quijote, con mente inflamada por su afán de socorrer, no dio crédito:
—Calla, medroso, que lo que te mueve es temor; y sabe que el caballero que yo soy no sufrirá tropelías de tal jaez.
Dicho y hecho, tomó una reja incandescente que al fuego estaba para escaldar el corte de la yugular del cerdo y, blandiéndola cual lanza llameante, arremetió contra el grupo, clamando con voz tronante:
—¡Deteneos, bastardos bellacos, cobardes violadores y asesinos! ¡No permitiré yo semejante fechoría contra mujer tan bella y lozana, ni contra la inocente criatura que de su vientre ha de nacer!
Los hombres, suspendidos de asombro, retrocedieron un punto; mas una de las mujeres presentes, encargada de menear la sangre en la olla para la morcilla lustre, temiendo daño para alguno de los presentes, arrojó presto el contenido sobre el caballero.
Empapado quedó Don Quijote de pies a cabeza en sangre caliente, y al sentirla correr por su rostro exclamó con horrísona voz:
—¡Apartaos todos, que la pobre doncella se desangra! ¡Jamás vi preñada que tanta sangre vertiera! ¡Por vida del cielo, esto no es natural! ¡Avisad a los vecinos de la Santa Inquisición, que hay brujería injusta en este lugar!
Al oír tales desatinos, los mozos, entre risas y enojo, volcáronle la misma olla en la cabeza, ciñéndosela a modo de casco, y comenzaron a golpearla con leños y garrotes.
Sancho, viéndolo en trance de morir, hincó rodillas:
—¡Señores, clemencia! ¡Que mi amo no es malhechor, sino loco de remate y fatigado de sus andanzas! ¡Por caridad, detened los palos, que su seso vale más que cien marranos!
Con los ruegos del buen escudero y el cansancio de la pendencia, aflojaron al cabo los hombres y retiraron la olla de la cabeza.
Medio desmayado, Don Quijote fue llevado a una pila de granito que en el corral servía para dar de beber a las bestias. Sacaron agua del pozo, templaron la caldera que hervía para lavar tripas, y dos mujeres, con paños de lino, limpiaron la sangre al caballero, que apenas murmuraba súplicas al cielo por haber caído, según su entender, en manos de hechiceros.
No pudieron, empero, borrar los moratones que le adornaban la sien y el carrillo, señal cierta —decía Sancho— de cuán provechoso sería un día entero de sosiego sin acometer empresa nueva.
Rayaba el alba cuando el gallo de la posada cantó por tercera vez. El corral, ya barrido de sangre y despojos, olía a humo y romero. Don Quijote, recostado en la pila de granito con mantas encima, abrió los ojos y miró al cielo encalado del amanecer.
—Sancho amigo —dijo con voz queda y gravedad solemne—, advierte cuán incierto es el mundo: la virtud es perseguida, el inocente ultrajado y el caballero andante, aun obrando en justicia, hallado culpable. Mas no me pesa; que mayor afrenta sería omitir socorro donde lo pide el deber.
Sancho, sentado a sus pies con el zurrón entre las manos, respondió entre suspiros:
—Señor, vuesa merced verá lo que guste; pero yo juraría sobre los Santos Evangelios que aquí no hubo doncella ni diablo, sino cochino con los días contados. Y a fe que los moratones de vuesa merced son de hombre que se entremete en asuntos que no le tocan. Si seguimos en este trote, acabaré yo tan magullado como un botijo en fiesta de mozos.
Don Quijote, enderezándose con esfuerzo, replicó:
—Calla, Sancho; que si no fuera por esta mi lanza y por la fe que profeso, quizá la villa entera habría sucumbido al hechizo. ¡Oh siglo ingrato, que no sabe agradecer los servicios del que por tu bien se desvela!
Sonrió el escudero, acomodándose la faja:
—Bien está, señor; pero a fuer de hombre de bien, os ruego que antes de buscar nueva aventura dejemos reposar los huesos, que no hay caballería que aguante a pan duro y a palos blandos.
Así, entre lamentos y socarronerías, volvió la posada al sosiego. La villa, ya despierta, llenaba de pregones y olores de matanza el aire fresco de la sierra. Don Quijote, ceñido de vendas y bruñida su honra en su imaginación, prometió en silencio que aquel desagravio sería recordado en las crónicas. Y Sancho, con la vista en el cielo claro, pensaba que aún quedaba vino en la jarra y sueño en los ojos, y que quizá el destino les depararía un día sin sangre ni porrazos.
Con esto dieron fin al suceso y aguardaron, en paz aparente, lo que nuevas sendas de Sierra Morena les quisieran traer.
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