Decidieron Don Quijote y Sancho Panza permanecer todavía un día en la villa, pues, a despecho de la locura y del reciente percance, convinieron ambos en que el trance pudo haber acabado peor, y que las gentes del lugar se mostraban tan acogedoras y de honesta condición, que no sería desacierto tomar allí respiro antes de internarse por las sendas de la baja Andalucía.
Así lo anunciaron al posadero, quien, tras cobrarles cumplidamente la estancia y cena de la víspera, les ofreció por la mañana un desayuno de leche tibia de oveja merina y pan recién salido del horno, degustando el sencillo manjar con regocijo, más Sancho que Don Quijote.
Acabado el refrigerio, determinaron dejar reposar al rocín y al rucio en la cuadra, que estaba bien provista de paja fresca y abundante. Ellos, por su parte, salieron a pie a pasear por la villa, y al doblar la calle principal toparon con la plaza, espaciosa y limpia.
En ella se alzaban dos iglesias: la mayor, recia y solemne, hecha de grandes sillares de granito, lucía encaladas paredes y una torre airosa cuyos bronces —decía el posadero— podían oírse a leguas en todo el campo.
La menor, también de granito, ofrecía humildes proporciones y se destinaba al oficio divino de pobres y labriegos que, por su sayal o sus abarcas, estorbaban en la solemnidad de la iglesia mayor. Atestiguaba su altar principal la figura sufrida de Nuestro Señor Jesús, que parecía acoger con igual benignidad al rico y al menesteroso.
Entre el ir y venir de los vecinos, repararon amo y escudero en un nutrido grupo de hombres y mujeres, ancianos y niños, que, en torno a la plaza, andaban atareados levantando techados con troncos y vigas de encina, cubriéndolos después con brezos y retamas. Cada estructura era de traza distinta: unas menudas, otras de mayor vuelo, mas todas bien encajadas y con cuidado de maestro carpintero.
Imaginó Don Quijote que sería aquello un mercado donde los naturales sacarían a la venta cuanto su industriosa tierra producía: paños recios y de lustre, ovillos de lana , garbanzos y habichuelas, tinajas de vino tinto y clarete, lino y estopa para hilar, jamones y morcones, chorizos y morcillas, tocino, pieles curtidas, picón de encina, sillas y sillones de anea, candiles de buena forja, aliños de aceitunas con tomillo y orégano, verduras y hortalizas (berzas, coles y nabos), abarcas cosidas a punzón, navajas templadas, hasta corderos y lechones cebados, además de piezas de caza como la perdiz, la liebre o el conejo.
—Acierta vuesa merced —dijo Sancho, contemplando la labor—; que esta buena gente sabe vender, y vende lo que tiene sin engaño ni timo. Y mira qué compás llevan: no comienzan nuevo techado sin rematar el anterior, ayudándose unos a otros como hermanos.
Movidos por la curiosidad, preguntaron a uno de los que más bregaba con las tablas y puntas, varón de barba cana y manos encallecidas. Éste, sin dejar el martillo, sonrió y respondió:
—Bien pudiera pensarse en mercado, señores forasteros —prosiguió el varón mientras ajustaba la soga al travesaño—, mas lo que aquí trazamos es preparar una gran representación de la Venida de Nuestro Señor Jesús a la Tierra. Y lo hacemos mostrando el fruto de nuestro trabajo, cada cual el suyo: zapateros, aneadores, carniceros, herreros, carpinteros, curtidores, matarifes, hortelanos, ganaderos, afiladores y hasta lavanderas, panaderos y confiteros. No nos faltan los Reyes Magos con sus presentes, ni San José, ni la Virgen con el Niño; y hasta a Herodes representamos, para que nadie olvide el mal que hizo. Sepa vuesa merced que acude mucha gente de fuera, atraída por lo que otros les cuentan, pues esta villa es paso obligado en el Camino Real.
Don Quijote, escuchando con creciente deleite, tomó al hombre del brazo y le dijo con ademán grave:
—Varón prudente, dad por cierto que la proeza de las gentes de este pueblo es muy digna de alabanza. Sin duda, Dios Nuestro Señor tiene aquí hijos tan bien dispuestos que por las veredas de su bondad y grandeza serán siempre recompensados. Y juro, por la fe que profeso, enviar carta a Su Majestad el Rey, dándole entera noticia de tan loable empeño, para que mayor honra y gloria se haga de Nuestro Señor Jesucristo y ejemplo quede a otros lugares.
Sancho, algo más prosaico, se rascó la barriga y añadió:
—Con tal que en esa carta no se olvide vuesa merced de decir que, mientras se honra al Niño, también se dé de comer a los peregrinos, que el hambre no es buena consejera ni para rezos ni para villancicos.
Los vecinos rieron la ocurrencia, y uno de ellos, señalando un toldo donde humeaban calderos, prometió que no faltaría en la fiesta olla bien proveída de garbanzos, morcilla de la matanza, pan blanco y vino alegre. El aire de la plaza, impregnado de jara y serrín, cobraba ya sabor de júbilo anticipado, y los martillos resonaban acompasados con los pregones de mozos y mozas que iban y venían con haces de retama.
No quiso Don Quijote, caballero de cortesía, entorpecer con su presencia el buen quehacer de aquellas personas, y animó a Sancho a proseguir el paseo por tan hermosa y noble villa. Así hicieron.
Mas al torcer la torre de la iglesia mayor, toparon con un grupo de hombres y mozos, todos con las manos y el rostro ennegrecidos cual si hubiesen salido de los mismos infiernos. Don Quijote, presto en imaginar agravios, detúvose en seco y dijo a su escudero con voz de alarma:
—Sancho, míralos bien: ¡bandidos son sin duda, que pretenden robar y abrasar el sacro montaje de la representación!
Sancho, encogiéndose de hombros, replicó en son de ruego:
—Por vida mía, señor, que no acertáis; ésos son hombres de hacer picón y carbón de encina, oficio bien honrado en este valle que aun los moros llamaron de las bellotas. Mucho se demanda su carbón por villas y castillos, y hasta el rey nuestro señor se sirve de él. En la posada oí decir que a los de aquí les llaman tiznaos, porque es frecuente verlos por los ruedos del pueblo con cara y manos negras de su faena.
Mas Don Quijote, sordo al sentido y ciego a la evidencia, bramó con ademán de arenga:
—Sancho, tu juicio se nubla de cobardía y falta de brío. Mira cómo andan estos villanos tiznados: su sola estampa delata sus malas entrañas. ¡Deteneos, bellacos! ¡No os es lícito turbar la obra santa de quienes en la plaza levantan memoria de Nuestro Señor!
Los mozos tiznados, sorprendidos al principio por tan extraña acusación, acabaron por tomar a burla las palabras y, viendo que el caballero desarmado los increpaba sin tregua, alzaron del suelo guijarros y comenzaron a lloverlos sobre él.
Sancho, cubriéndose con la capa, imploraba al cielo:
—¡Ay de nosotros, que mal fin tiene esta aventura si nadie nos socorre!
El estrépito llamó la atención del dueño de un mesón inmediato a la torre, hombre corpulento, bigote espeso y voz tronante. Asomándose a la puerta, gritó:
—¡Quietos, rapaces! ¡Dejad de apedrear a los forasteros! Que ya se me ha dado aviso de la locura del flaco; no es de mala entraña, sino de juicio trastornado.
Los muchachos, obedeciendo al mesonero, cesaron las piedras y, entre risas y murmullos, se fueron dispersando por las callejas, dejando a Don Quijote magullado, mas aún erguido con aire de quien cree haber mantenido la honra.
Sancho, suspirando, le dijo:
—Señor, vuesa merced tiene imán para los guijarros; de seguir así, acabaré yo con cabeza de yunque.
Don Quijote, sacudiéndose el polvo del sayo, respondió con gravedad:
—Más vale, Sancho, ser herido por defender el bien, que quedar ileso por consentir el mal.
El mesonero, viendo al caballero maltrecho y al escudero mohíno, les convidó a resguardarse en su portal hasta que el tropel de mozos se hubo disipado. Don Quijote, todavía con el ademán airado, compuso el jubón y, agradeciendo el amparo, exclamó:
—Mal andan los tiempos cuando los villanos tiznados del Averno osan alzar mano contra quien sólo busca guardar la paz. Mas quede constancia, Sancho, de que ni el polvo ni la afrenta han de torcer el camino del deber.
Sancho, rascándose el cogote, murmuró:
—Señor, llamadlos tiznados, que tiznados son; pero no del infierno, sino del carbón. Y antes que tornar por la misma calle, vayamos a la posada, que buen jergón y brasero valen más que otro aguacero de guijarros.
Aceptó Don Quijote el consejo, y ambos, con paso sosegado, retomaron la senda de la hospedería. Al llegar, el posadero, hombre práctico, les proveyó de agua fresca para lavarse el polvo y vino clarete para templar el susto.
El caballero, mientras se enjugaba el rostro, meditaba en voz alta:
—Sea pues que estos hombres tiznados son hijos del carbón y no de la maldad; aun así, conviene mantener velas alzadas, que la honra de una villa no ha de perderse por descuido.
Sancho, ya repuesto y con pan en la mano, sonrió:
— A este paso, señor, acabaremos la vuelta con más bultos en la testa que panes en la alforja.
La tarde cayó sobre la villa en calma, sólo turbada por los martillazos y risas de los que seguían montando los portales de la representación. Don Quijote, mirando por la ventana de su aposento, sintió que, pese a los lances, aquel lugar respiraba nobleza; y Sancho, entre bostezo y bostezo, se encomendó al sueño, aguardando que el nuevo día trajese más paz que pedradas.
Al alborear la jornada siguiente, despertaron Don Quijote y su fiel escudero con el tañido de las campanas de San Sebastián. El posadero, solícito, les sirvió un desayuno de migas humeantes, salpicadas de crujientes torreznos y adornadas con una ristra de pimientos rojos asados. Sancho, saboreando, murmuraba entre bocado y bocado:
—¡Por vida mía, señor, que estas migas valen tanto como las ollas de palacio!
Acabado el festín, Don Quijote encargó a su escudero:
—Sancho, haz acopio de lo mejor que esta villa nos ofrece, pues la senda de la andante caballería es larga y el sustento incierto.
Sancho, presto, llenó el zurrón con hogazas de pan candeal, tiras de tocino de la reciente matanza, queso añejo de oveja, algunas ristras de chorizo y morcilla, aceitunas aliñadas con tomillo, un jarro de vino clarete y un saquillo de garbanzos y habas para cuando el camino no les depare venta ni mesón.
Hecho esto, llamó Don Quijote al posadero, pagóle cumplidamente, y con gesto grave y palabras de honra le dijo:
—Buen hombre, vuestro trato y acogida merecen memoria en los anales de caballería. Dios premie vuestra caridad y la nobleza de estas gentes, cuyos oficios, devoción y temple engrandecen esta tierra andaluza.
El posadero, sonriendo, inclinóse en muestra de respeto y les deseó ventura en su jornada.
Montaron sobre Rocinante y el rucio y, guiados por el trote sosegado, pasaron junto a la plaza donde aún se afanaban los vecinos en la representación. Don Quijote, levantando el brazo, los saludó con voz clara:
—¡Queden con Dios, hijos ilustres de esta villa! ¡Salud y prosperidad para cuantos engrandecéis la memoria de Nuestro Señor!
Ellos respondieron con vivas y bendiciones, agitando retamas y sombreros. El caballero y su escudero siguieron calle abajo buscando el camino del sur.
Extramuros, hallaron la Fuente Borriquera, cristalina y abundante, donde dieron de beber al rocín y al asno; el agua, fresca y ligera, espejeaba bajo los primeros rayos del sol. Repusieron allí un momento las fuerzas y, avanzando escasos metros por el camino ascendente, toparon con una ermita de grandes proporciones, fábrica de sillería tan airosa que nada envidiaba a las de Toledo.
Don Quijote, maravillado, dijo a su escudero:
—Sancho, mira cuán excelsa morada del Altísimo se alza a la vera del camino; si así son los templos en esta Andalucía, mayor es el crédito de su fe.
Mientras ponderaban la fábrica, divisaron a dos hombres que, al hombro sendas azadas y palas, caminaban hacia un tejar próximo donde, según dijeron, se aprestaban a cocer tejas para el reparo de casas y portales.
Sancho, curioso, se adelantó a saludar, y el caballero, con ademán cortesano, dispúsose a inquirir sobre aquel oficio que, aunque humilde, mantiene techados los hogares de toda la cristiandad.
Sancho, arrimándose al sendero, alzó la voz:
—¡Buenos días os dé Dios, amigos! ¿Hacia dónde lleváis tan presto esas palas y esos adobes?
Uno de los hombres, de rostro curtido y manos fuertes, respondió:
—Al tejar vamos, buen forastero, que la hornada está dispuesta y urge cocer tejas y ladrillos antes que el sol apriete. Con esto se cubren las casas de media comarca, que no hay techo sin nuestra obra.
Don Quijote, conteniendo el paso de Rocinante, les habló con gravedad y cortesía:
—Honrados varones, servís a la república mejor que muchos cortesanos, pues sin techumbre ni abrigo no hay paz en los hogares. ¡Cuánto más estimable es la labor que ampara a familias enteras que los vanos oficios de la holganza!
El segundo tejero, hombre más joven, sonrió y replicó:
—Señor, nosotros poco entendemos de honras ni grandezas; el barro y el sol nos bastan, y si llueve, gracias al cielo. Con tal que nuestras manos den pan a los hijos, estamos pagados.
Don Quijote, meneando la cabeza con gesto solemne, dijo a Sancho:
—Aprende, amigo, que no hay menester grandeza de armas ni alarde de linajes para servir al prójimo; oficio humilde, si se hace con rectitud, iguala a noble empresa, y aun la supera cuando se hace sin presunción.
Sancho, ajustándose la faja, murmuró:
—Bien decía mi abuela, señor, que el que teja casas gana cielo sin alboroto.
Tras intercambiar saludos y desear ventura a los tejeros, caballero y escudero prosiguieron por la senda que se abría entre pastos y encinas. A sus espaldas quedaba la villa bulliciosa con su representación en ciernes, la fuente rumorosa y la recia ermita que guardaba silencio en la loma.
Don Quijote, contemplando el horizonte andaluz, exclamó:
—Sancho, bendito sea el Altísimo que en cada lugar nos muestra nuevas hazañas de la industria humana y prueba de que, aun sin caballeros, hay nobleza en el trabajo.
Sancho, meneando la cabeza, sonrió con sorna:
—Y ojalá, señor, que el siguiente pueblo nos dé menos varapalos que el pasado; que si a cada villa traemos chichón, a este paso llenaremos un costal.
Ambos rieron quedo, espolearon monturas y, con el sol ya subiendo por el cielo de Sierra Morena, se internaron en el camino del sur, donde nuevas aventuras, certezas y desatinos aguardaban su paso.

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